La Sotana
Todos los domingos acudíamos a misa; de ahí nos quedábamos para ayudarle al padre, toda la gente del pueblo lo miraba como al mismísimo Dios. Si el pedía algo nadie le decía que no, ¡nadie! Por eso, cuando nos llevaba a los retiros, y en la noche nos acariciaba... ¡Nadie nunca dijo no!