De la sinceridad


“La sinceridad siempre nos lleva a odiarnos un poco”, así versa una frase popularmente repetida en algunas redes sociales adjudicada al tiernísimo Mario Benedetti; quien lo escucho alguna vez en entrevistas me dará la razón. Y si bien es una realidad, la sinceridad es parte fundamental de la vida, de la relación con el otro. Nos manejamos muchas veces con algunos códigos de conducta no muy ortodoxos según el tipo de educación, medio externo e idiosincrasia. Muchas veces la sinceridad converge entre un halo de humo, imperceptible, en el que muchas veces el hablar con claridad no es bien visto o es tomado como ofensa. La cuestión con el ser sincero o claro, es diferente al ser grosero, intrusivo o descortés. Podemos ser todo lo sinceros y claros que queramos, pero todo en las líneas de la educación y las buenas maneras. Es decir no podemos decir expresa mente todo lo que pensamos a boca jarro sin esperar que nos den una bofetada por nuestra forma abrupta de emitir nuestras ideas. En este sentido es que hay que decir lo que se piensa pensando lo que se dice. Hay ocasiones en las que se debe callar la verdad, si lo único que acarrea es dolor y sufrimiento injusto o inútil a otra persona. Ninguna virtud es absoluta. Por eso, ser fiel a lo verdadero no puede disculparse de ser infiel a la compasión y al amor.

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