Una recomendación de lectura: Robert Strand
Robert Strand 1908-1968
Conocí a Strand por un taller de creación literaria en poesía, "mi profe" (como le digo de cariño) escritor ilustre que impartió dicho taller lo nombraba con particular fascinación; yo neófita en su poesía decidí adentrarme y ver que tan genial era ese tal "Strand". Descubrí una poesía ecléctica, con matices de cotidianidad, ligereza y un tanto doliente. Me llevo a recordar esas películas gringas costumbristas, que son quietas, simples, pero que llevan en lo profundo las intrínsecas relaciones humanas, sus pasiones y sus desdichas.
Creo firmemente que no por utilizar muchas palabras tiene mas peso lo que dices, a veces solo unas cuantas lineas tienen mas sentido que una larga letanía que solo sirve para alabar el ego de quien escribe. En eso radica lo simple y certero de Strand su poesía es sin métrica, sencilla; evocadora de un tiempo que él saboreo y que ahora otros podemos descubrir como un niño descubre el mundo por primera vez.
ELEGÍA A MI PADRE
5. Luto
Guardan luto por vos.
Cuando te levantás a medianoche,
y el rocío brilla en la piedra de tus mejillas,
guardan luto por vos.
Te llevan de vuelta a la casa vacía.
Las sillas y mesas las llevan para adentro.
Te obligan a sentarte y te enseñan a respirar.
Y tu aliento quema,
quema la caja de pino y las cenizas caen como luz de sol.
Te dan un libro y te piden que leás.
Escuchan y sus ojos se llenan de lágrimas.
Las mujeres acarician tus dedos.
Te peinan y le devuelven el amarillo a tu pelo.
Te afeitan la escarcha que tenés en la barba.
Te masajean los muslos.
Te ponen ropas finas.
Te frotan las manos para mantenerlas calientes.
Te dan de comer. Te ofrecen dinero.
Se ponen de rodillas y te ruegan no morir.
Cuando te levantás a medianoche guardan luto por vos.
Cierran sus ojos y susurran tu nombre una y otra vez.
Pero ya no pueden arrastar de tus venas la luz enterrada.
Anciano: igual levantate y seguí levantándote; ya de nada sirve.
De la forma en que pueden guardan luto por vos.
Cuando te levantás a medianoche,
y el rocío brilla en la piedra de tus mejillas,
guardan luto por vos.
Te llevan de vuelta a la casa vacía.
Las sillas y mesas las llevan para adentro.
Te obligan a sentarte y te enseñan a respirar.
Y tu aliento quema,
quema la caja de pino y las cenizas caen como luz de sol.
Te dan un libro y te piden que leás.
Escuchan y sus ojos se llenan de lágrimas.
Las mujeres acarician tus dedos.
Te peinan y le devuelven el amarillo a tu pelo.
Te afeitan la escarcha que tenés en la barba.
Te masajean los muslos.
Te ponen ropas finas.
Te frotan las manos para mantenerlas calientes.
Te dan de comer. Te ofrecen dinero.
Se ponen de rodillas y te ruegan no morir.
Cuando te levantás a medianoche guardan luto por vos.
Cierran sus ojos y susurran tu nombre una y otra vez.
Pero ya no pueden arrastar de tus venas la luz enterrada.
Anciano: igual levantate y seguí levantándote; ya de nada sirve.
De la forma en que pueden guardan luto por vos.
LA IMPUREZA DEL PLACER
No muy lejos de aquí había una fiesta, en la que un gordo
comenzó a dar saltos. “Soy un gordo”, anunció, “y salto cada
vez que se me da la gana. Oír el tintinear de las monedas que
llevo en los bolsillos, junto con el elástico rebote de mi cuerpo,
es un placer sublime”. “Ya veo”, dijo un invitado, “pero tanto
rebote y tintineo ha de serle gravoso”. “Los gravámenes a
mí no me preocupan”, dijo el gordo, pasándose las manos
por su oronda figura. “Soy demasiado grande para eso.” “¿Y
qué va a hacer al terminar la fiesta?”, preguntó el invitado.
“Montado en mi corcel”, dijo el gordo en respuesta, “partiré
a los confines del imperio, y pasaré revista a mis acciones;
y, por supuesto que algo comeré. Yo siempre como algo”. ~
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