Reflexión sobre la confianza
“Yo era afectuoso y bueno; la desgracia me ha convertido en un demonio. Hazme nuevamente feliz y volveré a ser virtuoso".
-Mary W. Shelley. (Frankenstein).
¿Dónde se forma la frialdad? ¿En que punto del ser se aloja la confianza? ¿Dónde descarga uno, el costal ilusorio de penas?
Algunos seres están destinados a llevar cargas auto impuestas. Terminan en una esquina de la vida, refugiados del dolor, de la tristeza. Sin casi o muy poco contacto humano. Estos pequeños seres, saben del infortunio, conocen la cara oscura del ser. Les llevo tiempo aceptar que el mundo a veces te presenta versiones poco angelicales de sus congéneres. Más sin embargo, anhelan algún día encontrar humanidad, indulgencia, honradez, que extrañamente se ha perdido.
Sí, muy dentro en sus pensamientos más ocultos e insatisfechos prevale esa necesidad de creer en el otro. De dejar de poner barreras. De darse sin restricciones. Pero el gran bloque de necedad que ponen ante tal posibilidad, no deja que ese hilo casi transparente de posibilidad deje accionar.
Y es que la bondad en estos días es tan escasa, que manejan pensamientos catastróficos, dónde los demás elaboran dobles intenciones contra ellos; por ese motivo se cubren bajo una enorme capa negra de auto protección, que muchas veces en lugar de salvarlos los aísla.
En ciertas dosis, la desconfianza es una función adaptativa, evitar el peligro, es algo animalesco, proviene del instinto. La cuestión seria abrir de a poco el freno inconsciente y dar dosis de confianza, de una forma dosificada, con cautela para que lentamente aprendamos el darnos a los demás de una forma inteligente sin trasgredir nuestro autocuidado, ni nuestra capacidad de relacionarnos.

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