Ataque de pánico
A continuación una breve narración sobre lo que siente un paciente con ataques de pánico.-
Shorty Rheinbold.-
Sentado en la sala de espera del consultorio médico, Shorty Rheinbold debería haber estado
relajado. La iluminación era suave, la música, tranquilizante; el sofá en el que estaba sentado era
cómodo. Los peces ángel nadaban lentamente en su pecera de cristal reluciente. Pero Shorty no
se sentía para nada tranquilo. Quizá era la recepcionista; se preguntaba si ella estaba calificada
para atender alguna urgencia que derivara de su problema. Su aspecto era un poco como el de un
tejón, con su hoyo detrás de la computadora. Desde hacía varios minutos, con cada latido de su
corazón se iba sintiendo peor.
Su corazón era la clave. Al principio, cuando Shorty se sentó, ni siquiera lo había notado:
latía en silencio haciendo su trabajo dentro de su pecho. Pero entonces, sin aviso previo, había
comenzado a demandar su atención. Primero sólo se había saltado uno o dos latidos, pero después
de un minuto había comenzado a golpear con ferocidad el interior de su pared torácica. Cada latido
se había vuelto un golpe doloroso y lacerante que le obligaba a sostenerse el pecho. Trataba de
mantener sus manos bajo su chamarra para no atraer demasiado la atención.
El corazón latiente y el dolor en el pecho sólo podían significar una cosa: después de dos
semanas de sufrir ataques cada cierto tiempo, Shorty comenzó a entender el mensaje. Entonces,
justo en el momento previsto, empezó la falta de aire. Parecía originarse en la región izquierda
de su pecho, donde su corazón estaba causando todo el daño. Fue subiendo por sus pulmones
hasta alcanzar la garganta, y luego le apretó el cuello, de manera que sólo podía introducir un
poco de aire cada vez.
¡Estaba muriendo! Por supuesto, el cardiólogo que Shorty había consultado la semana anterior
le había asegurado que su corazón sonaba tan bien como una campana de bronce, pero esta vez él
sabía que iba a fallar. No podía imaginar por qué no había muerto antes; lo había temido en cada
ataque. Ahora parecía imposible que sobreviviera a éste. ¿Siquiera lo deseaba? Ese pensamiento
le hizo de pronto querer vomitar.
Shorty se inclinó hacia delante para poder sujetar tanto su pecho como su abdomen de la
manera más discreta posible. Difícilmente podía sostener algo: en sus dedos habían comenzado
el hormigueo y el adormecimiento usuales, y podía sentir el temblor de sus manos que trataban
de contener los distintos padecimientos que se habían apoderado de su cuerpo.
Miró hacia el otro lado de la habitación para verificar si la Srita. Tejón se había dado cuenta.
De ese sitio no llegaba ninguna ayuda; ella seguía escribiendo en su teclado. Quizá todos los
pacientes se comportaban de esta manera. Quizá, súbitamente, había un observador. ¡Shorty se
estaba mirando! Cierta parte de él flotaba libre y parecía mantenerse suspendida, a una altura a
la mitad de la pared. Desde ese punto de observación, podía mirar hacia abajo y contemplar con
lástima y desdén la carne trémula que era, o había sido, Shorty Rheinbold.
En ese momento, el espíritu de Shorty vio que la cara del Shorty se había puesto muy roja. Un
aire caliente había llenado su cabeza, que parecía expandirse con cada respiración. Flotó todavía
más alto y el techo se desvaneció; voló hacia los rayos brillantes del sol. Apretó los párpados,
pero no pudo evitar que la luz cegadora entrara a sus ojos.
https://drive.google.com/file/d/0B5iim8-TV36OM0E4V1NBdG1FcTF6SG5valBFMU5LRmM0U084/view?fbclid=IwAR02jaq7X9iTazl40IB01RZJJvjvetiq6BSrB1lhCkTBJtjs-q5su3yazmI
Shorty Rheinbold.-
Sentado en la sala de espera del consultorio médico, Shorty Rheinbold debería haber estado
relajado. La iluminación era suave, la música, tranquilizante; el sofá en el que estaba sentado era
cómodo. Los peces ángel nadaban lentamente en su pecera de cristal reluciente. Pero Shorty no
se sentía para nada tranquilo. Quizá era la recepcionista; se preguntaba si ella estaba calificada
para atender alguna urgencia que derivara de su problema. Su aspecto era un poco como el de un
tejón, con su hoyo detrás de la computadora. Desde hacía varios minutos, con cada latido de su
corazón se iba sintiendo peor.
Su corazón era la clave. Al principio, cuando Shorty se sentó, ni siquiera lo había notado:
latía en silencio haciendo su trabajo dentro de su pecho. Pero entonces, sin aviso previo, había
comenzado a demandar su atención. Primero sólo se había saltado uno o dos latidos, pero después
de un minuto había comenzado a golpear con ferocidad el interior de su pared torácica. Cada latido
se había vuelto un golpe doloroso y lacerante que le obligaba a sostenerse el pecho. Trataba de
mantener sus manos bajo su chamarra para no atraer demasiado la atención.
El corazón latiente y el dolor en el pecho sólo podían significar una cosa: después de dos
semanas de sufrir ataques cada cierto tiempo, Shorty comenzó a entender el mensaje. Entonces,
justo en el momento previsto, empezó la falta de aire. Parecía originarse en la región izquierda
de su pecho, donde su corazón estaba causando todo el daño. Fue subiendo por sus pulmones
hasta alcanzar la garganta, y luego le apretó el cuello, de manera que sólo podía introducir un
poco de aire cada vez.
¡Estaba muriendo! Por supuesto, el cardiólogo que Shorty había consultado la semana anterior
le había asegurado que su corazón sonaba tan bien como una campana de bronce, pero esta vez él
sabía que iba a fallar. No podía imaginar por qué no había muerto antes; lo había temido en cada
ataque. Ahora parecía imposible que sobreviviera a éste. ¿Siquiera lo deseaba? Ese pensamiento
le hizo de pronto querer vomitar.
Shorty se inclinó hacia delante para poder sujetar tanto su pecho como su abdomen de la
manera más discreta posible. Difícilmente podía sostener algo: en sus dedos habían comenzado
el hormigueo y el adormecimiento usuales, y podía sentir el temblor de sus manos que trataban
de contener los distintos padecimientos que se habían apoderado de su cuerpo.
Miró hacia el otro lado de la habitación para verificar si la Srita. Tejón se había dado cuenta.
De ese sitio no llegaba ninguna ayuda; ella seguía escribiendo en su teclado. Quizá todos los
pacientes se comportaban de esta manera. Quizá, súbitamente, había un observador. ¡Shorty se
estaba mirando! Cierta parte de él flotaba libre y parecía mantenerse suspendida, a una altura a
la mitad de la pared. Desde ese punto de observación, podía mirar hacia abajo y contemplar con
lástima y desdén la carne trémula que era, o había sido, Shorty Rheinbold.
En ese momento, el espíritu de Shorty vio que la cara del Shorty se había puesto muy roja. Un
aire caliente había llenado su cabeza, que parecía expandirse con cada respiración. Flotó todavía
más alto y el techo se desvaneció; voló hacia los rayos brillantes del sol. Apretó los párpados,
pero no pudo evitar que la luz cegadora entrara a sus ojos.
https://drive.google.com/file/d/0B5iim8-TV36OM0E4V1NBdG1FcTF6SG5valBFMU5LRmM0U084/view?fbclid=IwAR02jaq7X9iTazl40IB01RZJJvjvetiq6BSrB1lhCkTBJtjs-q5su3yazmI
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