El hombre que nadie entendía. Parte III
Y entonces miro lentamente todo lo que
le rodeaba y decidió quedarse, aprender de aquel hombre ermitaño, recorrer
esa casa, tocar esos árboles, perder su vista en la inmensidad del cielo abrir
su inconsciente al silencio. Quizás dentro de ese estudio comprendería el
porqué de su desventura.
Pasaron días de contemplación, noches de
aislamiento, cada uno en sus aposentos, escuchando a los grillos, al búho a los
lobos. Las hojas en otoño caían ligeras sobre la tierra, el lenguaje del sauce
era como un silbido, se estremecía al ver las puestas de sol, aprendió a
escuchar el silencio. El viejo monje le dio un pequeño libro de notas, en el
escribía todo lo que iba captando, al cabo de unos meses había llenado
completamente aquel diario.
Una mañana, mientras veía el reflejo de
su persona en un arroyo, noto como su cara había cambiado, parecía más placida,
menos endurecida; aunque era joven la convivencia con seres que lo trataban de
manera hostil lo volvió un poco amargado, viejo.
Algo cambió, desde que tuvo oportunidad
de escucharse, de percibir la nada, su mente giró a una dimensión distinta. Sabía
que había más cosas afuera, que necesitaba ir a otras tierras, este lugar ya le
había ofrecido un gran conocimiento.
Marcho decidido, abrazo al viejo, le
dejo de regalo un gran dibujo que hizo del Sauce mientras lo observaba por las
noches admirando sus hojas, su tronco grueso lleno de recuerdos.
Agradecido el hombre, le dio una bolsa
con provisiones, y lo dejo partir. Su andar era más decidido, en su mente no había
miedos, había paisajes, flores, árboles y porque no de personas.
Abrió la bolsa que le dio el viejo para
tomar algo de comer y encontró un libro lo hojeo, vio una nota al principio:
“amigo este libro son mis memorias quiero que las lleves contigo a donde vayas,
cada que sientas soledad, o sientas que no eres entendido, lee un poco, ahí
hallarás consuelo, quizás encuentres respuestas, gracias por el tiempo que me
obsequiaste".
Comentarios
Publicar un comentario