El club III
Se
manifestaron ante mí los miedos más profundos, nadie sabe de infiernos hasta
que no atraviesa el propio. Permanecí de pie por mucho tiempo, mis ojos se
estaban acostumbrando al color del alba, este naciente día sería igual que el
anterior posiblemente. Mis dedos se alargaban como queriendo alcanzar mi
perdida libertad, esa sensación que tienen muchas personas sobre decidir su
destino, sobre que comer, a donde ir e incluso conseguir pareja. Pero eso
para mí ya no existía, la noche que acudí aquel club se acabó todo, mi vida
colapso y estaba al borde de un precipicio esperando la última patada para caer
al vacío. ¿De verdad podría sobrevivir?
El timbre
del teléfono me saco de mi letargo, me quede catatónico, sonaba una y otra vez,
mi mano se estiraba y se contraía. El tomar el auricular significaba mi
sentencia de muerte. Pero, aun así sentía que tenía que contestar, acabar
de una vez por todas con esta tortura, debía hacerlo, debía...
Tome
el teléfono temblando, sudoroso, una voz ronca al otro lado me saludaba
mientras me decía lo siguiente:
Hola,
como se te aviso en el club, esta es tu iniciación, tienes 24 horas para
realizarla, debes acudir a las 8 de la mañana al café solárium, te sentaras en la
segunda mesa del ala derecha, pedirás un expreso con tostadas, después de esto recibirás
instrucciones. -Colgó-.
Me
desplome en la silla, sabía que esto era una realidad. No había retorno. Camine
hasta el baño, abrí la regadera y me dispuse a bañar. Las gotas de agua
retumbaba en los azulejos, el vapor se hacía denso, fue la ducha más larga de
toda mi vida.
Recorrí la habitación buscando el atuendo idóneo para este evento, no me decidía, era quizás la última vez que podría jugar con las vestimentas, acomodar mi traje, los colores, la corbata, los zapatos. Salí apresurado, era tarde, no conté el tiempo porque realmente no desea llegar, así que por primera vez iba retrasado.
Entre de golpe al café, azote la puerta y desesperado busque la mesa del ala
derecha, corrí hasta ella y jale al primer mesero que vi cerca, rápidamente le
solicite el expreso y las tostadas, miraba en todas direcciones como un perro
en una carretera atiborrada de autos. Pasaron unos minutos cuando de pronto
apareció otro mesero, muy distinto al anterior, me miro y dejo en la mesa unas
servilletas, entre ellas estaba un sobre, lo observe con miedo, llego el otro
mesero con el expreso y las tostadas, le di un sorbo a la taza, y tome el
sobre, lo abrí torpemente, en la hoja que contenía venia una dirección y una
hora. Y en mayúsculas decía: NO LLEGUES TARDE, sorprendido me levante y
salí de inmediato de aquel café, tenía solo unas horas para llegar aquel
lugar.
Camine
por la ciudad por horas sin rumbo definido, observaba a las personas, veía sus
semblantes, tristes, felices, y otros sin emoción definida. Yo en
cambio era una mueca, un rostro contraído por la ansiedad y el estrés. Mi corazón
latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Mientras más se acababa
el tiempo empecé a acercar mis pasos a la dirección. Llegado el momento no
tendría por qué demorarme como en la mañana.
Faltaban
unos minutos, no llegue tarde incluso llegue antes, era una casa antigua de
fachada gótica con escaleras de madera en su entrada, unos árboles de copas
robustas adornaban su entorno. Subí lentamente aquellas escaleras que crujían
con cada paso, toque la puerta y espere, me recibió un hombre mayor de mirada
caída, vestía un pantalón sastre y camisa, traía puesto unos tirantes a juego,
me miro y me hizo una seña para que pasara al interior de la casa.
Entonces
me mostro una habitación, nos encaminamos ambos hasta ahí, me miro de reojo y
me dijo con voz muy clara: No te imaginaba así, pero eres el adecuado. No entendí
lo que quería decir, seguramente el adecuado para asesinar a alguien inocente,
a alguien que no se lo merecía, padre de alguien, esposo de alguien hijo de
alguien y yo un bueno para nada, un aburrido un ser que solo por ocio lo sentencia muerte.
Nos
sentamos en unos sillones viejos, había una mesa redonda, en ella una tetera
antigua y dos tazas, no era café esta vez, era un tipo de té. Este señor se
dispuso a servirlo, me ofreció una taza, y el tomo otra, me miraba atento pero
no decía ni una palabra, me quede observando la alfombra debajo de la mesa,
parecía algo vieja, tenía unos adornos bordados muy extraños, no se parecía a
ninguna alfombra que yo haya visto jamás, tenía unos colores rojos y dorados,
su estampado eran unos símbolos, formas desconocidas. Comencé
a sentir mucho sueño, mis ojos se cerraban, estaban pesados.
Una ola de penumbra me rodeo, me vi en un gran desierto rojo, descalzo, ataviado de antiguas prendas. Frente a mi un largo camino, en mi cabeza sabia que debía seguir adelante.
Hacia calor, un calor pesado y profundo. a lo lejos pude ver una pequeña choza, era como una visión, alrededor mio la nada. Sabia que mi misión estaba en aquel lugar.
Continuará...
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