El hombre que nadie entendía VIII Final
Su voz entrecortada, su piel fría, entre
sollozos comenzó a contarme su historia. Era joven cuando por decisión propia y
un patriotismo mal entendido ingresó a la milicia, lo enlistaron demasiado
pronto para ir a combate, era inexperto, emocionalmente muy vulnerable. Lo que
vio en ese lugar, lo que tuvo que hacer, era demasiado terrible como para que
un ser como el pudiese soportarlo, desertó yéndose lo más lejos que pudo de
todo ese horror. El único problema fue, que no podía escapar de sus sueños, esos
recuerdos lo atormentaban mientras dormía.
Desde aquellos años perdidos de su juventud, hasta
el día de hoy, su mente recreaba cada noche, esas terribles escenas dantescas,
donde hombres de todas las edades se revolcaban entre sangre y tierra. Los gritos
y sollozos de dolor, lo mantenían despierto. Hubo, incluso alucinaciones sobre
emparedados, disparos a quema ropa, girones de piel. Su vida se convirtió en un
suplicio. Escapando del mundo fue que se topó al chaman, este fue compasivo con
su dolor y lo invito a venir a este su lugar seguro, este rincón perdido, donde
muchos buscaban la expiación a sus pecados, o un simple cobijo de las amarguras
de la sociedad.
Mis ojos lo observaban conmovidos, sabia que nada
de lo que dijera cambiaria aquel miedo que lo envolvía, sostuve su brazo,
mientras le decía con voz muy baja y suave, que respirara, que respirara, lento
y continuo. El solo miraba hacia el cielo.
Al cabo de un tiempo me dijo que era momento de
bajar, me abrazo y pude sentir sus lagrimas en mi hombro. Los dos acabamos entendiendo que no todo se
cura con brebajes o medicina.
Regrese a mi morada a esperar la noche, escuche unos pasos acercarse a la puerta, era el chamán que había regresado. Se sentó a mi lado, me miró como un padre a su hijo, sus palabras eran de agradecimiento, aquella tarde yo había hecho un buen trabajo, él lo sabía, hablamos por un largo rato, me dijo que el mundo necesitaba personas como yo, que era injusto que me aislara en aquel recóndito lugar, sus palabras fueron: “Muchacho ha llegado el momento de regresar a tu hogar”.
Así era, el me entendió con solo
verme.
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